Ni guerra ni militarización

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Asistimos a un pulso de carácter mundial entre una población que, asqueada de arrogancias militaristas y falsas proclamas bélicas, mayoritariamente clama, con su presencia en las calles, contra la guerra o intervención militar imperialista en Irak; y el gobierno estadounidense quien, secundado por buena parte de sus satélites lacayos europeos (con especial protagonismo del gobierno Aznar), intenta, bajo el manto de una seguridad tan falsa como interesada, imponer sus intereses económicos y el de las multinacionales que le sustentan, a costa de la vida y el futuro de una población iraquí absolutamente masacrada por 12 años de embargos, de agresiones militares “humanitarias” y de la férrea dictadura de Sadam Hussein.

Ante ello, desde nuestra dimensión antimilitarista y solidaria, se nos hace imprescindible analizar y opinar brevemente sobre lo que está sucediendo. A lo que a continuación procedemos.

Parece evidente que EE.UU., como todos los imperios, ha entrado en esa fase de descomposición en la que no puede mantener su dominio si no es a costa de la guerra permanente y en todos los aspectos de la vida: militar, económico, político y cultural.

Apoyamos, como un signo de esperanza en el ser humano, el rechazo mayoritario a la guerra. Pero, más allá de ese rechazo, como antimilitaristas, nos gustaría luchar contra las causas que originan las guerras modernas, pues éstas tienen raíces profundas y aunque, aparentemente se desarrollan y generan en escenarios muy lejanos y ajenos al nuestro, en no pocas ocasiones se potencian desde esta parte del mundo, con nuestro vivir cotidiano y, a veces, incluso con nuestra colaboración.

No sirve denunciar la guerra y a diario trabajar y colaborar en la fabricación y comercio de armas.

Ni es coherente rechazar la guerra sin preguntarnos si nuestro nivel de vida y consumo tiene algo que ver con la especulación de la Banca y la explotación por los países enriquecidos (de los cuales, no lo olvidemos, formamos parte) a los empobrecidos del mundo. O sin cuestionarnos si tiene algo que ver con nuestra xenofobia y rechazo a las personas inmigrantes o diferentes.

Tampoco es muy coherente votar a partidos políticos y a gobernantes que, sin ningún tipo de escrúpulo ético, subvencionan las fabricas de armamento “porque crean puestos de trabajo, aumentan nuestra renta per capita y nuestro nivel de vida”. Ya hace tiempo que señalaba Marcuse que “el Estado de Bienestar es solidario del Estado de Guerra”.

La violencia de Estado es consustancial a la civilización capitalista occidental. Bajo su uso (o amenaza de uso) se impone en todos los continentes el modelo de dominio industrial y urbano de las gentes del Norte y, con ello, sus mercancías, sus técnicas, costumbres y cultura.

Por ello, es fácil entender que ‘nuestros’ políticos y gobernantes apoyen la guerra porque lo manda Bush. Lo que no se puede comprender es que la ciudadanía les vote.

Resulta sarcástico escuchar las declaraciones de la clase política que justifica la guerra “porque Sadam es un dictador”, cuando conocemos por la Historia que precisamente EE.UU. es la escuela de formación de la mayoría de los dictadores del mundo (el penúltimo, Ariel Sharon). También sabemos que es el experto en provocar atentados terroristas, bien directamente o induciéndolos; y experto así mismo en la manipulación de la información y el pensamiento.

Indignante resulta también contemplar cómo los partidos políticos que en esta ocasión (y de momento; que huele el ambiente a elecciones) se oponen a la guerra, se escandalizan porque “el Gobierno nos lleva a una guerra sin consultar al Parlamento” (como si la soberanía popular residiera en éste y no en la ciudadanía, a quien una vez más le hurtan el derecho a decidir) o porque “no se respetan las decisiones de la ONU”, como si no estuviera ya claro el papel que ésta juega y al servicio de quién está.

Así, la democracia resulta una gigantesca manipulación. Manipulación de las masas para tratar de evitar “la rebelión de las masas”. Y así, la expresión de la voluntad de quien vota en la moderna democracia es una expresión enajenada. Y el sufragio universal se convierte en un fetiche, como criticaba Erich Fromm.

¿Se os ocurre una justificación más urgente para convocar un Referéndum o llamar a una huelga general que protestar contra un gobierno que nos lleva a una guerra para defender los intereses de las multinacionales del petróleo y de las fábricas de armamento?. Ante este panorama, somos las gentes ‘de a pie’ quienes debemos recuperar la autogestión de lo político. Sólo con nuestra presencia en la calle se podría llegar a conseguir parar esta guerra.

Hoy Bush repite con Irak la grotesca propuesta de Reagan en 1985 cuando pedía la desmilitarización de Nicaragua (el país más pobre de Latinoamérica, junto a Haití) sin, por supuesto, plantearse la desmilitarización de EEUU, que posee, como es bien sabido, más armas químicas, bacteriológicas y de destrucción masiva, que todo el resto del mundo. Y que ya utilizó en Hiroshima y Nagasaki durante la Segunda Guerra Mundial. Y sabemos que las puede utilizar de nuevo en cualquier momento.

La actual política exterior norteamericana está basada en el militarismo. Porque el poder de EE.UU. debe ser incontestable. Debemos ser conscientes de que ahora le toca a Irak pero, debido a su estrategia, después vendrán Irán, Siria, Corea del Norte… y al final, China. Y después…

Y es que estamos ante una política que ha sustituido el ‘anticomunismo’ por el ‘antiterrorismo’ como estrategia para llegar al control absoluto del mundo: “a los enemigos reales o potenciales hay que destruirlos, acabar con ellos”, según dictaminaban ya en 1992 los ideólogos y líderes del Consejo de Política y Defensa de EE.UU.

Para ‘animar’ las guerras, el Poder promociona la sensación y conciencia de inseguridad. Sobre todo en las clases sociales satisfechas e instaladas. Hoy es preferible la población cobarde, atemorizada, que pide un Estado Guardián que le defienda del posible enemigo, aun a costa de apoyar los gastos en armamento y la proliferación de nuevas armas.

Estamos pues, ante una nueva forma de alienación: la enajenación por el miedo. Desgraciadamente, la gente suele aceptar esta situación de buen grado, ya que es más cómodo ser cobarde que enfrentarse.

Asistimos así a la fabricación de la personalidad insegura, cual nuevo carácter social. ¡Es tan cómodo no emanciparse! Los grupos gobernantes y partidos políticos cuidan muy bien que la gran mayoría de personas considere el paso a la emancipación, además de difícil, muy peligroso. Todo esto lo decía Kant hace mas de 200 años hablando de la Ilustración.

El nivel de compromiso en la oposición a la guerra (al igual que a la esclavitud, la pena de muerte o la tortura) es el termómetro elemental para medir el grado de madurez, cultura, ética y democracia de un pueblo. Es decir, con nuestra oposición a las guerras, al sistema económico y a la estrategia política que las engendran, lo que realmente está en juego es algo tan grave, serio y fundamental como nuestro futuro como civilizaciones (en su más amplio sentido) y pueblos ante el modelo ‘rebaño’ que se nos quiere imponer e, individualmente, el futuro como personas y seres humanos (en sus sentidos más profundos), frente al de alimañas sin sentimientos, ni opiniones, ni capacidad de actuación para transformar la realidad. A esa lucha tan básica y tan perentoria es a la que pretendemos contribuir con nuestras reflexiones y a la que llamamos a contribuir y participar con imaginación, decisión y rotundidad.

Estitxu Martínez de Guevara, en nombre del Colectivo Gasteizkoak  y Alfredo Casto en nombre de Berri-Otxoak

Publicado en El periódico de Álava el 9 de abril de 2003

 

NOTAS

[1] El presente artículo es parte de un dossier que con el título “El Gasto Militar para financiar la Renta Básica”, elaborado por ambos colectivos, está actualmente en fase de edición.

 

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